LOS PRIMEROS COCHES DE NUESTRA VIDA

LOS PRIMEROS COCHES DE NUESTRA VIDA

Quién no recuerda con cariño los coches que marcaron nuestra infancia. ¿A que con ese aire vintage tan actual os parecen ahora incluso más bonitos que entonces?

¿Vuestros padres también tuvieron un Seat 600 blanco -o rojo- en el que, de forma inexplicable, cabía hasta la abuela? ¡Qué contentos y emocionados íbamos los cinco a la playa, en esos viajes que duraban mil horas por la nacional 4! Mi hermano y yo hasta encontrábamos sitio para jugar a las damas, apoyando el tablero en el regazo de la yaya, que se resignaba a ir siempre en medio. Una toalla enganchada en la ventanilla protegía a quien le tocara el lado del sol asfixiante. Porque el aire acondicionado de serie estaba propulsado por las muñecas de mamá y de la abuela moviendo con frenesí sus abanicos. Recuerdo también que en ese maletero minúsculo no cabían nuestros maletones, que mis padres despachaban por autocar.

La compra del 127 –también de la entonces estatal Seat- fue un pequeño paso para la humanidad, pero un gran salto para mi familia. La puerta trasera inclinada le daba un aspecto superdeportivo y aerodinámico. Aunque tenía un “pero” que me atormentaba: un color marrón espantoso, confieso que no me atreví a comentárselo a nadie… Lo mejor eran sus cinco puertas, que nos libraban de hacer piruetas varias para llegar al asiento trasero.

A finales de los años setenta, el comienzo de la transición política en nuestro país coincidió con un cambio de marca y tamaño aún más espectacular. La economía familiar empezaba a ser tímidamente boyante, sobre todo cuando mi madre empezó a trabajar fuera de casa. El siguiente vehículo… ¡fue nada más y nada menos que un Peugeot 504 blanco, grande como un autobús y con apoyabrazos trasero! Poco después mamá se sacó el carnet de conducir y compró un segundo coche -lujazo sin parangón-, un Citroen 2Cv Dyane amarillo. Un nuevo modelo de dos caballos que me parecía sofisticación en estado puro.

Años más tarde, cuando mi hermano cumplió los 18, apareció un día con un 600 de octava mano. Fue curiosísimo, como retroceder en el tiempo y volver a empezar. ¡Lo que daría por haberlo conservado, ahora quedaría genial (eso sí, algo apretado) en el salón!

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Paula

paulacaride 11/02/2016

El mio también fue un 600, qué recuerdos!

600

Rosario 15/01/2016

El mío era un 600 que todavía tenemos!

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